Cómo la presión por triunfar moldea a nuestra juventud: construyendo resiliencia a través del fracaso

January 7, 2025
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¿Qué pasaría si el fracaso no fuera una marca de vergüenza, sino un peldaño hacia la resiliencia? En todos los continentes, los jóvenes enfrentan una inmensa presión por triunfar, dejando poco espacio para tropezar y recuperarse. Este blog explora cómo las expectativas sociales y los sistemas competitivos configuran este desafío global y ofrece una perspectiva sobre cómo abrazar el fracaso como un camino hacia el crecimiento.

"El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es el coraje para continuar." — Winston Churchill

Recientemente escribí sobre las luchas de la juventud actual: sus batallas con la confianza en sí mismos y la inmensa presión por triunfar. La respuesta fue abrumadora. Historias de padres, educadores y jóvenes de todo el mundo llegaron en oleadas, todas reflejando temores y frustraciones similares. Un comentario, en particular, destacó:

"Es un problema social; veo el mismo comportamiento en Estados Unidos. ¿Es un problema documentado a nivel mundial? La competencia por los cupos universitarios roba a nuestros hijos la oportunidad de fallar en los estudios y actividades porque todo se revisa con lupa en los comités de admisiones universitarias. Si has fracasado, pasan al siguiente candidato, o al menos ese es el miedo que tienen los padres. Así que hoy en día no hay oportunidades para fallar de manera segura en Estados Unidos."

Esta observación captura un temor que muchos padres y estudiantes en Estados Unidos conocen demasiado bien. La competencia implacable por los cupos universitarios crea un entorno en el que el fracaso se siente imperdonable, como un defecto que podría cerrar puertas para siempre. Al reflexionar sobre esto desde mi terraza en Punta del Este, me doy cuenta de cómo este miedo trasciende fronteras y se entrelaza en las vidas de los jóvenes de todo el mundo.

Durante un reciente viaje a Tokio, Hanói, Bangkok y Singapur, vi esta misma ansiedad de diferentes maneras. Aunque los contextos culturales variaban, el desafío central era el mismo: el miedo a no estar a la altura.
En Tokio, los estudiantes se preparan incansablemente para los exámenes de ingreso a la universidad que parecen determinar todo su futuro. En Singapur, el sistema educativo premia a los estudiantes destacados desde una edad muy temprana, dejando poco margen para segundas oportunidades. Los detalles pueden diferir, pero el problema subyacente persiste: los jóvenes rara vez tienen la oportunidad de fallar de manera segura, aprender de sus errores y recuperarse sin juicio.

Una cultura donde el fracaso se siente como derrota

En Estados Unidos, el proceso de admisión universitaria se ha convertido en un juego de perfección. Los padres temen que cada nota, actividad extracurricular y proyecto sea analizado hasta el extremo, de modo que un solo error podría poner en peligro el futuro de su hijo. Este temor se filtra a los niños, quienes juegan a lo seguro, evitando riesgos que podrían conducir al fracaso, incluso si esos riesgos pudieran fomentar su crecimiento.

La presión no es menos intensa en Asia. En Tokio, la interminable preparación para los exámenes universitarios deja una huella visible en los estudiantes. De manera similar, en Singapur, los padres enfatizan la competencia desde una edad temprana. Como lo expresó un padre: "Aquí no puedes permitirte fallar; la competencia comienza demasiado joven".

En Europa, los sistemas de seguimiento educativo presentan un desafío similar. En Alemania, por ejemplo, los niños a menudo son asignados a rutas académicas o vocacionales a los diez años, basándose en sus habilidades percibidas. Aunque esta estructura ofrece trayectorias claras, limita la flexibilidad para quienes florecen tarde o descubren nuevas pasiones más adelante en la vida. Un padre en España compartió una perspectiva conmovedora: "Una vez que un niño es colocado en una ruta vocacional, parece que no hay vuelta atrás. El sistema no recompensa a quienes florecen tarde". Incluso Finlandia, celebrada por su modelo educativo igualitario, está sintiendo las presiones de la competencia global infiltrándose en sus escuelas.

Sudamérica ofrece otra perspectiva. En Brasil, el enfoque en los exámenes de ingreso a la universidad (vestibular) es intenso, con estudiantes dedicando años a la preparación. El fracaso a menudo se siente catastrófico, ya que los padres invierten recursos significativos en tutores privados y escuelas para mejorar las posibilidades de sus hijos. En Argentina y Uruguay, aunque el sistema universitario es más accesible, las presiones sociales provienen de otra fuente: las expectativas culturales. Como señaló un amigo argentino: "Si tu hijo no es médico, abogado o ingeniero, la gente piensa que has fracasado como padre". Este énfasis cultural en carreras prestigiosas crea su propia forma de presión, dejando poco espacio para caminos alternativos.

A través de los continentes, el miedo al fracaso se ha vuelto universal, pero sus costos son profundamente personales. Ya sea el seguimiento rígido en Europa o la intensa competencia académica en Asia y las Américas, a menudo se niega a los jóvenes la oportunidad de fallar de manera segura y de aprender y crecer a partir de sus errores.

Los costos de evitar el fracaso

Cuando el fracaso se trata como un defecto, los jóvenes pierden oportunidades de crecer de maneras que solo los contratiempos pueden enseñar. El fracaso no es un callejón sin salida; es un paso necesario para aprender a adaptarse, innovar y perseverar. Pero cuando se niega a los niños la oportunidad de fallar, ya sea por procesos de admisión demasiado críticos o expectativas sociales, pierden más que un momento: pierden la resiliencia que proviene de intentarlo de nuevo.

Hacia una cultura de crecimiento

El comentario sobre las admisiones universitarias en Estados Unidos resalta el núcleo del problema: necesitamos replantear cómo vemos el fracaso como parte del crecimiento. Debemos alejarnos de castigarlo y avanzar hacia abrazarlo como una parte esencial del aprendizaje.

El fracaso como un viaje compartido

El océano frente a mí esta mañana refleja la vida misma: impredecible, siempre en movimiento, moldeada por sus flujos y reflujos. El fracaso, como la marea, nos toca a todos, recordándonos que no se trata de evitar errores, sino de navegar a través de ellos.

¿Y si abrazáramos este ritmo? ¿Imaginamos un mundo donde un estudiante en apuros no sea juzgado, sino guiado a encontrar fortaleza en la persistencia? Estas no son metas lejanas, sino elecciones que podemos tomar, individual y colectivamente, para reescribir la narrativa del fracaso.

La pregunta no es solo si estamos listos para crear una cultura donde el fracaso sea seguro. Es si podemos inspirar a la próxima generación a levantarse después de cada tropiezo, transformando los contratiempos en peldaños hacia un futuro próspero.

Me encantaría conocer su opinión sobre este tema.

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