Ayer, en el último día del año, caminé por la impresionante costa entre Manantiales y La Barra en Punta del Este. La brisa del océano Atlántico Sur era tan revitalizante como la compañía: un amigo que dirige centros de llamadas en toda América Latina. Mientras navegábamos las arenas cambiantes y observábamos las olas romper contra las rocas, nuestra conversación se centró en los desafíos que enfrenta con sus empleados más jóvenes.
"Simplemente se rinden", dijo, sacudiendo la cabeza. "Un obstáculo, y ya no quieren intentarlo más". Su frustración flotaba en el aire, más pesada que la brisa salada. No se trataba de habilidades profesionales ni de las exigencias del trabajo, sino de algo más profundo: una lucha con la resiliencia, la confianza en sí mismos y la capacidad para enfrentar los altibajos inevitables de la vida. Describió una falta de consistencia y tenacidad, una reticencia a persistir frente a los desafíos y, lo más llamativo, una ausencia de "hambre": el impulso de avanzar cuando el camino se torna difícil.
Hemos creado una cultura que dificulta que la próxima generación resista las tormentas de la vida. Protegidos de la incomodidad, pierden las lecciones cruciales que forjan la resiliencia. Si queremos cambiar esto, debemos replantearnos cómo los preparamos para la vida y crear intencionadamente oportunidades para que enfrenten desafíos, aprendan y crezcan.

Mientras trepábamos una sección particularmente rocosa, mi amigo murmuró algo sobre por qué la playa no podía estar “pavimentada”. Me hizo reír, pero luego pensé: ¿acaso no todos deseamos en secreto que el camino de la vida fuera más fácil? La ironía es que nos fortalecemos al superar los obstáculos. Esta realización se convirtió en el centro de nuestra conversación: ¿Qué fuerzas del mundo actual—ya sean sociales o personales—están impidiendo que la próxima generación adquiera esta fortaleza?
La teoría de las redes sociales
Nuestra primera reacción fue culpar a las redes sociales. Es fácil ver por qué: las vidas perfectas en Instagram, las recompensas instantáneas de TikTok, las comparaciones interminables y el ciclo impulsado por dopamina de “me gusta” y “compartir”. Las redes sociales nos conectan, sí, pero también fomentan una cultura de gratificación instantánea y validación superficial.
Pero mientras seguíamos caminando, la conversación se profundizó. Nos dimos cuenta de que las redes sociales podrían amplificar ciertos comportamientos, pero no los crean. Las raíces de esta lucha están más profundas, en cómo criamos y educamos a nuestros hijos. Aunque las redes sociales ofrecen un chivo expiatorio conveniente, el verdadero problema comienza en casa.
Replanteando la crianza y la educación
La crianza actual a menudo se inclina hacia la sobreprotección y la indulgencia. Allanamos cada camino, protegemos a nuestros hijos de la incomodidad y, al hacerlo, les robamos oportunidades para desarrollar resiliencia. La frustración, el fracaso y los desafíos—aunque desagradables—son los crisoles donde se forjan la determinación y la confianza en uno mismo.
Como dijo mi amigo: “Nunca han tenido que luchar por algo”.
Esa lucha no se trata solo de ambición, sino de la capacidad de superar contratiempos y salir fortalecidos. La resiliencia, como un músculo, se construye con tensión y repetición. Sin la incomodidad del esfuerzo, se atrofia.
En el ámbito laboral, las consecuencias de esta sobreprotección son claras. Los jóvenes a menudo tienen dificultades para asumir la responsabilidad de los desafíos, paralizados por las críticas o el fracaso. Su confianza no se basa en el esfuerzo ni en la persistencia, sino en un sentido frágil de sí mismos moldeado por elogios vacíos o trofeos de participación.
Mientras caminábamos, pensé en un árbol joven protegido de cada ráfaga de viento. Crece alto, pero su tronco es quebradizo. Sin el balanceo de la brisa, nunca aprende a doblarse o a mantenerse firme contra las tormentas. Nuestros bienintencionados esfuerzos por proteger a nuestros hijos a menudo producen el mismo resultado no deseado.
Amor duro: El regalo del esfuerzo
El amor duro no se trata de ser cruel; se trata de creer en la capacidad de alguien para enfrentar un desafío. Es la decisión de dejar que la incomodidad haga su trabajo, sabiendo que las lecciones aprendidas a través del esfuerzo son más valiosas que cualquier comodidad que podamos proporcionar.
El verdadero crecimiento solo proviene de la incomodidad. Proteger a otros puede parecer amoroso, pero les niega la fuerza que solo pueden ganar enfrentando desafíos por sí mismos.
En negocios familiares, he visto cómo el amor duro puede cambiar la trayectoria de un joven líder. Un padre, en lugar de entregarle un puesto directivo a su hija, insistió en que comenzara desde abajo, trabajando en ventas antes de asumir más responsabilidades. A ella no le gustó la idea, pero con el tiempo desarrolló la tenacidad, la confianza y el respeto de sus compañeros que necesitaba para tener éxito. La decisión de su padre no fue fácil; admitió que era difícil verla luchar, pero fue el mayor regalo que pudo darle.
Practicar el amor duro significa permitir que otros enfrenten desafíos mientras se les ofrece ánimo y espacio para crecer. Evita intervenir demasiado rápido; en su lugar, guía para que encuentren sus propias soluciones. El fracaso no es un final, sino una experiencia necesaria que construye fortaleza y confianza.
El amor duro no es solo una filosofía de crianza; es una mentalidad. Se trata de crear espacio para que otros fallen de manera segura, se esfuercen y salgan fortalecidos. Entonces, la próxima vez que sientas la tentación de allanar el camino, pregúntate: ¿Qué podrían aprender al enfrentar este desafío por sí mismos? ¿Qué fuerza podrían ganar del esfuerzo?
El papel de la sociedad en general
No se trata solo de la crianza o las escuelas. Como sociedad, hemos priorizado la comodidad sobre el crecimiento. Desde la crianza sobreprotectora hasta las recompensas instantáneas de la tecnología, hemos reducido colectivamente el umbral de incomodidad. Sin embargo, la incomodidad es precisamente lo que construye el carácter.
La resiliencia no es innata; se aprende. Proviene de experiencias que nos ponen a prueba, del proceso repetido de fallar, ajustar y volver a intentarlo. La confianza en uno mismo tampoco se otorga, sino que se gana: con esfuerzo, persistencia y la satisfacción de superar desafíos.
Por eso, cualidades como la hambre, la tenacidad y la determinación parecen cada vez más raras. No se enseñan en un aula ni se entregan en un taller. Se cultivan en pequeños momentos: cuando dejamos que nuestros hijos se esfuercen un poco más antes de intervenir, cuando fomentamos la persistencia sobre la perfección, cuando valoramos el proceso sobre el resultado.
Para cambiar esta tendencia, la sociedad debe aceptar el esfuerzo como un ingrediente necesario para el crecimiento. Escuelas, lugares de trabajo y comunidades pueden desempeñar un papel diseñando experiencias que desafíen a los individuos y los ayuden a construir resiliencia. Al normalizar la incomodidad como parte de la vida, podemos crear un cambio cultural que fortalezca a la próxima generación.
Una reflexión personal
Mientras las olas chocaban contra la orilla, pensé en cómo el océano moldea la costa: no con caricias suaves, sino con una presión implacable. Cada ola desgasta la roca, suaviza los bordes y deja algo más fuerte y definido. Como el árbol joven que se dobla al viento, la costa no se fortalece evitando las olas. Se moldea por ellas, al igual que nosotros somos moldeados por los desafíos que enfrentamos.
Como padre de cinco hijos, esto no es solo una observación profesional; es un desafío diario. Cada vez que doy un paso atrás y dejo que mis hijos enfrenten la incomodidad, me recuerdo a mí mismo: mi amor no está en protegerlos del esfuerzo, sino en darles la fortaleza para enfrentarlo. El mayor regalo que puedo darles no es un camino fácil, sino las herramientas para navegar los difíciles: caerse, levantarse y volver a intentarlo.
Si queremos criar una generación que prospere, no solo que sobreviva, debemos abrazar la incomodidad, no como un castigo, sino como un ingrediente necesario para el crecimiento. Las lecciones más difíciles, los momentos que queremos evitarles, son a menudo los más valiosos. La verdadera resiliencia se gana en esos momentos donde el esfuerzo se encuentra con la persistencia y el esfuerzo con el fracaso.